Por supuesto, nadie puede exigirle que sea un experto economista con
postgrados en Harvard y demás hierbas, pero si que sepa escuchar,
rodearse y tener la capacidad para decidir lo más conveniente para el
país. Y eso es precisamente lo que Maduro se niega pertinazmente a
hacer.
Entre sus íntimos se cuenta el temor que Maduro le tiene a una
devaluación. Ha dicho que casi pierde las elecciones con Capriles por
aprobarla en sus días del interinato al Galáctico. Las que ha aprobado
en 2014 se deben a que no hay elecciones cerca, dicen. Pero las
decisiones que debe tomar van más allá de las devaluaciones, tienen que
ver con un plan de ajustes de factura neoliberal que tratan de
explicarle y que incluye acabar con los controles de precios y de
cambio, aumento de los servicios y de la gasolina, flexibilización
laboral, etc. Le recuerda mucho al Carlos Andrés Pérez de febrero del
’89 y eso le relaja los efínteres. Tal vez por ello repite neciamente
que hay que borrar de la faz de la tierra todo rastro del capitalismo y
cuando entra en si le ruega a los inversionistas traer sus capitales al
país o envía a Ramírez a ofrecer petróleo al Imperio y a anunciar
“convergencia cambiaria” nombre revolucionario a una “unificación
cambiaria” que no pone fin al nauseabundo control de cambios que ha
creado ese pozo séptico llamado Cadivi. Maduro pistonea.
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